Carolina de Rijeka

Carolina de Rijeka

Al mencionar el nombre de Carolina Belinich en la ciudad de Rijeka, no hay casi ningún transeúnte a quien no le saltaría una sonrisa en la cara. ‘‘¿Carolina de Rijeka? ¿Hay alguien que no conoce a nuestra Carolina?” Y, con un poco de suerte, escuchará la historia sobre una mujer noble, ciudadana de Rijeka, que, a pesar de haber vivido en el siglo XIX, su carácter y acciones permanecen grabados en la memoria de todos sus ciudadanos.


La historia de Carolina empezó en 1813 cuando los buques de la Armada Británica aparecieron delante de la ciudad de Rijeka. El 3 de julio cinco buques de guerra se anclaron a una distancia de dos millas náuticas de la ciudad. En un primer momento, los ciudadanos de Rijeka pensaron que los recién llegados querían rellenar sus tanques de agua y los observaron con curiosidad. Pero, una repentina salva de cañón desde la dirección del mar los obligó a huir. Los ciudadanos respondieron con fuego desde una fortaleza de la ciudad, golpeando al enemigo. No sirvió de nada. Una vez que los cañones terrestres fueron silenciados, arribaron al puerto 22 buques de guerra con cañones pequeños y casi 600 soldados británicos. Durante el desembarque, la flota británica continuó lanzando balas de cañón sobre el territorio de la Ciudad Vieja y Trsat. Los soldados de la flota británica creían que allí podían encontrarse las tropas de Napoleón, con las cuales la Bretaña estaba en conflicto en aquel entonces. 

 

Los ciudadanos, asustados, se marcharon de la ciudad lo más lejos posible, al igual que las fuerzas militares que allí se encontraban y, aún peor, incluso los representantes de las autoridades de la ciudad decidieron huir. Los británicos empezaron a quemar sin piedad los buques de vela que se encontraban atracados en el muelle, entonces llamado Fiumara, mientras el fuego de los buques amenazaba las casas cercanas. En medio de toda esa confusión, una mujer joven salió de la casa número 431 en Fiumara y se encaminó hacia los británicos. Era muy tranquila y tenía la intención de encontrar al comandante de las fuerzas invasoras que estaba cerca de la batería de cañones, a poca distancia del centro de la ciudad. Quería hablar con él. Sin embargo, ¿cómo podía esperar que él estuviera dispuesto a recibirla? 

 

En los años siguientes las malas lenguas buscarían las principales razones de su éxito a su edad (ella tenía solo 22 años), el vestido negro que llevaba puesto y, sobre todo, su escote. Sin embargo, se les olvidó que esta mujer valiente, doña Carolina Belinich, no era cualquiera. Ella nació en una prominente familia de comerciantes, Kranjec, tomando el apellido Belinich en 1808 cuando se casó con el mayorista Andria Belinich. Su padre, Franjo, era un capitán de barco que tenía tres casas, dos molinos, bosques, viñedos, un velero; y era también fundador de una compañía del comercio de la madera y el tabaco. Gracias a su riqueza y reputación, fue nombrado miembro de la orden de los honoríficos concejales patricios de Rijeka. El hecho importante es que en 1797 fue nombrado vicecónsul británico para esa parte de la costa adriática, con sede en Rijeka. Realizó esta función hasta 1806, cuando lo siguió el hermanastro de Carolina, Ignacio. 

 

Cuando se presentó delante del oficial superior británico, Carolina era la hija y esposa de dos personas que, como representantes consulares británicos en Rijeka, actuaban en favor de los intereses de la corona británica, los mismos que el oficial representaba. El contenido de la conversación sigue siendo desconocido. Sin embargo, no hay duda de que Carolina remarcó que una mayor destrucción de la ciudad era inútil puesto que el ejército enemigo ya se había retirado. Asimismo, remarcó que los mismos ciudadanos de Rijeka mostraban poco entusiasmo por el dominio francés por lo cual consideraban a los soldados británicos libertadores. ¿Eran sus palabras tan persuasivas? La mejor respuesta a esa pregunta fue la detención de la acción militar. La ciudad se salvó de una destrucción mayor, es decir, de la destrucción de las casas de los ciudadanos, los almacenes comerciales con mercancías y los buques atracados. Todos se sintieron aliviados. En el tercer día, la flota británica zarpó en búsqueda de las tropas francesas a otros lugares. 

 

Durante el ataque a Rijeka, el esposo de Carolina, como comandante de la guardia nacional, se distinguió por su valentía. Gracias a sus méritos, fue recibido en las filas de los patricios de la ciudad. Los ciudadanos de Rijeka no se olvidaron de premiar a Carolina, apreciando que había arriesgado mucho con su acto valiente, a pesar de que era madre de cuatro hijas. En 1829 las autoridades de la ciudad la alabaron, en 1901 donaron su retrato al museo municipal y desde 1905 una calle de la ciudad lleva su nombre. 

 

Así fue ayer. ¿Y hoy en día? Un muelle en el centro del puerto municipal lleva su nombre. Si salimos desde el muelle de Carolina de Rijeka hasta la Ciudad Vieja y paramos delante de la iglesia de San Vito, en el lado izquierdo de la entrada un elemento singular llamará nuestra atención. Una bala de cañón sobresale de la fachada. Bajo ella se encuentra una placa de metal grabada con el año 1813 y la inscripción “La Inglaterra nos envió esta fruta cuando quería desalojar desde aquí a los galos”. La bala de cañón en el muro es una de las que volaron sobre las cabezas de los ciudadanos de Rijeka, y de cuyos desastrosos efectos los salvó Carolina.